a R. C.
Tiene veinte años y baila sola.
Su pareja, aunque ausente, posee un perímetro exacto
que ella en el aire traza, convoca.
Rodeada de espejos que corean sus pasos,
la joven parece bailar por primera vez
lo que sus piernas, caderas y hombros de
memoria conocen.
Parece vela de barco que guía su propia ondulación.
El ritmo es una serpiente zanjando su cuerpo
y ella va y viene, tomando por momentos la mano del hombre que no está.
Únicamente la gente sola puede explicar
el sutil derroche de la compañía.
Son los que comen o van al cine solos,
los que conducen sin copiloto todo el día
por carretera,
quienes explican el abrazo permanente
e invisible
de los que se acompañan,
el uno que aguarda en el dos,
la tenue disciplina de estar al lado de alguien.
Lorena Saucedo