Walter Benjamin. Sobre la tecnología y nuestra pobreza de experiencias.

El enorme desarrollo técnico llevaba aparejado un empobrecimiento de la experiencia; un empobrecimiento que, como contrapartida, los individuos trataban de llenar recurriendo a la astrología, la quiromancia o el espiritismo. Para Benjamin, la pobreza de la experiencia en la modernidad era un fenómeno que penetraba tanto la esfera privada como la colectiva. Una pobreza que tenía su impronta en el lenguaje cotidiano que se asemejaba, cada vez más, al de la publicidad o, en todo caso, a la mera información, lo que impedía la reflexión y la comunicación de pensamientos. Esa pobreza de experiencias la veía también en el modo de entender el tiempo de la vida, marcado por la producción. Eso colocaba a los individuos modernos ante una especia de nueva barbarie. La experiencia, escribía, se había convertido en vivencia, en shock; un modo de experiencia que no producía conocimientos, sino una cadena de impresiones fugaces, vacías de contenido, que se hacía difícil entrelazar.

Carlos Marzán, Walter Benjamin, RBA (2015).

Anuncios

19 Sept 17: Eres, si acaso, un pordiosero de la historia…

Eres del lugar donde recoges
la basura.
Donde dos rayos caen
en el mismo sitio.
Porque viste el primero,
esperas el segundo.
Y aquí sigues.
Donde la tierra se abre
y la gente se junta.

Otra vez llegaste tarde:
estás vivo por impuntual,
por no asistir a la cita que
a las 13:14 te había
dado la muerte,
treinta y dos años después
de la otra cita, a la que
tampoco llegaste
a tiempo.
Eres la víctima omitida.
El edificio se cimbró y no
viste pasar la vida ante
tus ojos, como sucede
en las películas.
Te dolió una parte del cuerpo
que no sabías que existía:
La piel de la memoria,
que no traía escenas
de tu vida, sino del
animal que oye crujir
a la materia.
También el agua recordó
lo que fue cuando
era dueña de este sitio.
Tembló en los ríos.
Tembló en las casas
que inventamos en los ríos.
Recogiste los libros de otro
tiempo, el que fuiste
hace mucho ante
esas páginas.

Llovió sobre mojado
después de las fiestas
de la patria,
Más cercanas al jolgorio
que a la grandeza.
¿Queda cupo para los héroes
en septiembre? 
Tienes miedo.
Tienes el valor de tener miedo.
No sabes qué hacer,
pero haces algo.
No fundaste la ciudad
ni la defendiste de invasores.

Eres, si acaso, un pordiosero
de la historia. 
El que recoge desperdicios
después de la tragedia.
El que acomoda ladrillos,
junta piedras,
encuentra un peine,
dos zapatos que no hacen juego,
una cartera con fotografías.
El que ordena partes sueltas,
trozos de trozos,
restos, sólo restos.
Lo que cabe en las manos.

El que no tiene guantes.
El que reparte agua.
El que regala sus medicinas
porque ya se curó de espanto.
El que vio la luna y soñó
cosas raras, pero no
supo interpretarlas.
El que oyó maullar a su gato
media hora antes y sólo
lo entendió con la primera
sacudida, cuando el agua
salía del excusado.
El que rezó en una lengua
extraña porque olvidó
cómo se reza.
El que recordó quién estaba
en qué lugar.
El que fue por sus hijos
a la escuela.
El que pensó en los que
tenían hijos en la escuela.
El que se quedó sin pila.
El que salió a la calle a ofrecer
su celular.
El que entró a robar a un
comercio abandonado
y se arrepintió en
un centro de acopio.
El que supo que salía sobrando.
El que estuvo despierto para
que los demás durmieran.

El que es de aquí.
El que acaba de llegar
y ya es de aquí.
El que dice “ciudad” por decir
tú y yo y Pedro y Marta
y Francisco y Guadalupe.
El que lleva dos días sin luz
ni agua.
El que todavía respira.
El que levantó un puño
para pedir silencio.
Los que le hicieron caso.
Los que levantaron el puño.
Los que levantaron el puño
para escuchar
si alguien vivía.
Los que levantaron el puño para
escuchar si alguien
vivía y oyeron
un murmullo.
Los que no dejan de escuchar.

– Juan Villoro

El viajero

“Uno viaja durante años sin saber qué es lo que busca. Dejamos huella a través del ruido, nos envolvemos en deseos o arrepentimientos y llegamos de pronto a uno de esos lugares que nos esperan en el mundo. Llegamos ahí y el corazón al fin se detiene, descubrimos que hemos llegado… El viajero que, desde la terraza de Cordes contemple la noche de verano sabe que no tiene necesidad de ir más lejos. La belleza aquí, día tras día, te quitará la soledad.”

Albert Camus
Tomado del blog de Amaya Marichal
A su memoria

“Sólo el arte sobrevive”

Hoy vi de reojo una nota titulada “Sólo el arte sobrevive”. No la he leído ni ahora la busco, pero me recuerda cosas.

Quisiera pensar que tiene razón. Quizá solo un libro, una escultura, un pensamiento, una canción, o una “manera de ser”, permanezcan a través del tiempo. Pero, ¿es esto así? ¿Qué más, realmente, conocemos del tiempo de Cervantes que no sea a El Ingenioso Hidalgo…? ¿Qué más conocemos de la sociedad prehispánica de los tiempos de Nezahualcóyotl y su “amo el canto del cenzontle…”?

El arte es, quizá, pequeñas gemas en una gran oscuridad. Gemas que nos tocan alguna vez y después, las más, desaparecen, se hunden o se vuelven irrelevantes.

O quizá no.

Hablo de esto teniendo en cuenta nuestra fugacidad como humanos. Todos los días leo nuevos reportes sobre la acelerada innovación económica, tecnológica, social. Nuevos y amplios reportes y diagnósticos de organismos internacionales llenan las notas de la prensa especializada. Y todos los días parece olvidarse lo que apenas sucedió ayer. ¿Es así? ¿O sólo es la mirada de una persona “urbana” en una “cultura occidental”?

Impresiona la rapidez de nuestra existencia. Setenta, Ochenta años. Se terminó. Nada sigue físicamente. Nada queda.

Alguien aún pensará: ¿De qué sirve que el arte sobreviva?

Impresiona la manera en que se desenvuelve el ser humano: es industrioso, creativo, ingenioso, tanto para crear tragedias como para resolverlas, o al menos intentarlo.

Siempre insatisfecho, siempre con problemas. El ser humano está conciente de que no gira alrededor del sol (al menos algunos entienden el concepto), pero no se comporta así.

Tratamos de “resolver” complejos problemos que el día de mañana serán de risa… o de muerte. Todo en pos del “desarrollo humano”, concepto tan interesante como irrelevante para el día a día.

Setenta u ochenta años, y se terminó.

Lo curioso es que, después de todos estos años de civilización, escritura y arte, aún nos preguntamos lo mismo. Aún tratamos de entender cómo es que llegamos aquí y hacia dónde vamos… o al menos eso nos dicen que estamos haciendo, aunque a veces no lo parezca.

 

Un neurocirujano escribe es un prestigioso diario que hace poco le diagnosticaron cáncer y que tiene poco tiempo de vida.

Un guía de montaña en Nepal fallece por un terremoto.

El día de hoy alguien – muchos – fallecen en hospitales o lugares apartados.

Y el resto nos damos cuenta de ellos. Nos asombramos por un momento y quedamos sin habla.

¿Sólo el arte sobrevive?

La muerte, ese tema tan tedioso y manipulado.

 

Pienso en mi propia finitud, en las posibilidades y en los hábitos, en lo que forma la vida.

“… vanidad de vanidades, todo es vanidad. ¿Qué provecho recibe el hombre de todo el trabajo con que se afana bajo el sol?”

Y así pensamos a veces. Cuando ciertamente entendemos nuestra grandeza pequeña.

Y no hablo del sentido de la vida, otro tema que el marketing ya nos ha resuelto todo.

Hablo (escribo) sobre un artículo que menciona que el arte sobrevive. Que quizá mencione (porque, repito, no lo he leído), que sólo el arte sobrevive al tiempo. Que nos hace “trascender”, que nos devuelve nuestra humanidad, que nos refleja y nos une a los demás y a valores que no entendemos quien o cómo se crearon, pero que están ahí. Probablemente también nos diga que el arte refleja todo lo “mejor” y lo “peor” del ser humano y que es la única cosa permanente, porque toma del pecho del hombre su mismo corazón y lo exhibe, sin vergüenza o temor, ante los demás.

Nos dirán que el arte es la esperanza. Que quizá ni Platón ni Aristóteles, sino Mozart o García Márquez sean alguna especie de salvadores.

Dirán que el arte es eterno… al menos hasta que dentro de mucho o poco tiempo el mundo, o la vida, dejen de existir tal cual las conocemos.

Quizá diga eso el artículo.

 

Yo, por mi parte, creo simplemente que debo terminar mis deberes estudiantiles y laborales. Que debo ser disciplinado o simplemente por la mañana llegaré, una vez más, tarde a mis compromisos. Que debo comer mejor. Pero, aún así, al terminar el día, me iré a dormir con una obra de arte, con El Libro. El que me ha acompañado desde que tengo memoria

“Confortará mi alma; Me guiará por sendas de justicia por amor de su nombre” – Salmos 23:3

… y leeré, queriendo no terminar, las Fragmentos póstumos de Baudelaire.

 

Quizá el arte no sea lo que sobreviva, sino el mismo espíritu.

Salvador Novo – Gracias Señor

Gracias, Señor, porque me diste un año
en que abrí a tu luz mis ojos ciegos;
gracias porque la fragua de tus fuegos
templó en acero el corazón de estaño.

Gracias por la ventura y por el daño,
por la espina y la flor; porque tus ruegos
redujeron mis pasos andariegos
a la dulce quietud de tu rebaño.

Porque en mí floreció tu primavera;
porque tu otoño maduró mi espiga
que el invierno guarece y atempera.

Y porque entre tus dones me bendiga
—compendio de tu amor— la duradera
felicidad de una sonrisa amiga.

Salvador Novo

vist3