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27 abril, 2008 / Felipe Delgado

México, el árbol desgarrado

Abonado con tratados comerciales

Admirado por ecologistas y turistas

Llevado en muestras a museos y galerías de arte

Estudiado en las universidades

Protegido por innumerables leyes

En el todos pegamos nuestro chicle, dibujamos corazones o simplemente dormimos bajo su sombra.

Es México. El árbol que da cobijo, riqueza, pobreza, repulsión, admiración, respeto, risa, compasión, enojo, indiferencia, valemadrismo… a más de cien millones de personas.

Un árbol inacabado. Doscientos años de historias y nada de recuerdos.
El águila y la serpiente.

Sus raíces son profundas, pero confusas. No acaba de entender quien es ni hacia donde crece.

Para algunos, el árbol es eterno. Medido en su porcentaje de crecimiento anual, México no ha dejado de crecer… pero estimado por sus frutos, como decía aquel judío de hace dos mil años, el árbol no da lo mejor. O quizá sí, pero solo para unos cuantos.

Los que lo cuidan, gravemente, se han aprovechado de los mejores frutos y han dejado el resto a plagas y parásitos que llenan el ambiente.

Y este es México… un árbol centenario. Espécimen raro… donde lo increíble se vuelve rutina y donde el sentido común desaparece (¿A quién le cuentas tus cuentos mexicano? A ti mismo, siempre).

Y nadie sabe que hacer con México. Nadie sabe que hacer con ese árbol raro que de repente salió de la nada y crece torcido, de derecha a izquierda, apuntalado por todos lados.

Lo peor es que, aunque algunos no lo ven, está enfermo. Y así lleva años, quizá soportando demasiado, quizá ya dándose por vencido. Piensa “algún día todo esto tendrá que acabar”.

Los raros preocupados por el han probado de todo… desde cambiar al jardinero oficial hasta probar con recetas traídas de árboles cercanos y lejanos. Pero nada ha servido.

¿Y hasta cuándo?
“Quizá para siempre”, se repite el árbol para sus adentros.

“Quizá para cuando muera alguien aprenda… cuando mis hojas se pudran bajo la contaminación y la corrupción, alguien voltée”.

Quizá sus políticos, sus religiosos, sus ateos, sus estudiantes, sus brujos, sus ricos, sus pobres, sus mendigos, sus televisoras, sus universidades, sus “ciudadanos”, sus visitantes, sus maestros de primaria y secundaria, sus policías, sus guerrilleros, sus empresarios, sus aduaneros, sus desempleados, sus futbolistas, sus corbatas y trajes, sus obreros… quizá ellos se den cuenta.

Y ya se escucha otra vez el sonido de la sierra eléctrica. Sí, otra vez… vienen por el tesoro que alberga bajo su superficie. Esta vez, dicen, saben lo que debe hacerse. Pero el árbol ya no escucha, ni le interesa, aunque todavía siente. “Que hagan lo que les venga en gana”.

¿A quién le importa un mísero árbol en medio del gran bosque? ¿A quién?

México desgarrado.

México moribundo, que vive con el afán de unos cuantos de construir desde cenizas y el de muchos que solo lo destruyen a manera de verdaderos parásitos y plagas… y el afán de nadie por hacer de México alguien.

México. Otra vez.

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