Kapuscinsky: el reto de entender al mundo y a uno mismo

“El sentido de la vida es cruzar fronteras”

Riszard Kapuscinsky

“Por la tarde se acercó a nuestra venatana un africano alto, atlético, de nombre tutsi, de cara seria e inteligente;… había escuchado una plática entre los oficiales acerca de que al día siguiente nos fusilarían. Llegó corriendo a la ventana el guardia y en un segundo este hombre desapareció de nuestra vista.

… aquí no hay lugar para describir las vivencias que experimenté cuando el alto y serio tutsi repitió la conversación de los oficiales en el bar del aeropuerto. Casi instantáneamente lo domina a uno un deprimente estado de vacío, de decaimiento, de inmovilidad, como si estuviera baho los efectos de la anestesia o bajo la fuerte dosis de un medicamento. Este estado agudiza la conciencia de completo desamparo, conciencia de que nada puede cambiar, de que todo ha acabado. Al instante los músculos quedan sin fuerza, falta energía hasta para lanzar un grito, para golpear las paredes con los puños y la cabeza contra el suelo…

Durante la noche, empezó a llover… Entre el amanecer lluvioso y denso de la niebla, apareció un avión que se detuvo en un carril próximo, cerca de nosotros… Inmediatamente dos aviadores blancos se dirigieron al edificio principal del aeropuerto; junto al avión permanecieron unos aeromozos negros. Entonces empezamos a llamarlos, agitando las manos…. Uno de ellos se acercó y Jarda le preguntó la dirección del vuelo. Contestó que se dirigían a Leopoldville. Brevemente Jarda les describió nuestra situación, les dijo que teníamos contadas las horas de vida, les suplicamos (un blanco suplicando a un negro era por aquellos años insólito) que informaran al cuartel de las Naciones Unidas,… que dieran la noticia al mundo, porque entonces los paracaidistas no se atreverían a matarnos… El negro veía el marco de la ventana, la reja, y detrás de las rejas, tres caras blancas horriblemente sucias, sin afeitar, cansadas,… “OK – dijo – procuraré hacerlo”

Entonces comenzaron las horas de verdadera tortura… ¿Daría aviso el aeromozo a las Naciones Unidas?… y en el supuesto de que empezaran a actuar, ¿les daría tiempo a liberarnos?…

Entonces comenzó la guerra de nervios, la fiebre, la excitación, pero ocurría en nuestro interior, porque afuera, del otro lado de la ventana, permanecían como siempre el casco y los hombros del paracaidista, y más allá, la llanura, el lago Tangañica, las montañas y, para colmo, la lluvia.

En la tarde, junto a la ventana, aulló el motor de un automóvil, rechinaron los frenos, resonaron las voces de gente que hablaba en un idioma desconocido para mí. Nos acercamos a la reja. Junto al edificio estaba un jeep con la bandera de Naciones Unidas…

No tengo idea de cómo se llamaba el congolés que nos salvó la vida. Nunca lo volví a encontrar. Era un hombre, es todo lo que sé de él…

En el mundo hay mucha ignominia, pero también existe algo que se llama honestidad y otros sentimientos humanos…

A la mañana siguiente salimos en un avión de la línea SabAir, con escalas en Fort Lamy, Malta y Roma. Por el gran bloque de cristal que es el aeropuerto de Fiumicino desfilaba suntuoso – lo era para nosotros en ese momento – e increíblemente exótico el mundo de la contenta, tranquila y saciada Europa, el mundo de las muchachas que vestían conforme a la última moda, de los elegantes funcionarios que se dirigían a alguna conferencia internacional, de los excitados tutistas que llegaban a ver el Foro Romaro, de las señoras arregladas con sumo cuidado, de las parejas de jóvenes que se dirigían a las playas de Mallorca y de Las Palmas. Entonces este mundo me pareció tan inverosímil… que sentí de repente – y el sólo pensarlo me estremeció-, según la ley de una triste y hasta horrible paradoja, que estaba mucho más domesticado allá, en Stanleyville y en Usumbura, que en medio de esta muchedumbre que en ese momento pasaba frente a mí.

Quizá simplemente me sentí abismalmente solo.

… Regresé a Varsovia. Escribí una nota sobre todo lo que pasaba en el Congo. Describí la lucha, la descomposición y la calamidad. Entonces me llamó un amigo de Relaciones Exteriores.

“-¡Qué ha escrito! – se enojó. – Usted llama anarquía a la revolución…

-Vaya usted allá – le contesté con voz cansada,…- Vaya y véalo con sus propios ojos. Y le deseo que vuelva vivo.

– ¡Qué pena! – me dijo al terminar nuestra conversación -, pero ya no puede viajar al extranjero porque no entiende los procesos marxista-leninistas que se están efectuando en aquella parte del mundo.

OK – reflexioné-, aquí tampoco faltan temas para escribir.”

Volví a trabajar en “Política”, viajaba por el país, publicaba reportajes. En el Congo pasó lo que era inevitable y evidente para cualquier que hubiera estado allí. Meses después recibí una proposición para irme por unos años al África. Sería el primer corresponsal polaco permanente en el África Negra e instalaría allí la sede de la Agencia de Prensa Polaca. A principios de 1962, fui a Dar es Salaam.”

* Extracto de “Las Botas” de Ryszard Kapuscinsky

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